Claro, cuando tienes 13 años no estás consiente de lo que REALMENTE significa hacerse un tatuaje, y mucho menos de lo que pensarás o sentirás por ese primer tatuaje (bastante carcelario) que te hiciste tan entusiasmada.
No estoy diciendo que me tatué a los trece años, ni que el asunto de los tatuajes REALMENTE signifique demasiado.
En relación a esa búsqueda desesperada de algunos por otorgarle un significado profundísimo a todo lo que hacen en sus vidas, y todo lo que buscan “expresar” con sus cicatrices –que al fin y al cabo éso es lo que es un tatuaje- preguntaré: ¿así de inseguros están?
No lo hagan. No se tatúen, no se casen, no se coman ese pedazo de torta tentadorsísimo, no le inviten un trago a la tipa buenísima que los ve de lejos en el bar de los clichés, no intenten patinar, ni cantar en el karaoke. ¿No vivan?
No.
Porque si han de encontrarle un significado profundísimo a todo lo que hacen en la vida, definitivamente, la vida no les corresponde a ustedes.
Y no es que yo ande de loca lanzándome en patines por la colina con los ojos vendados. Porque para culillúa, yo. Simplemente deben entender que algunas cosas se piensan un poco, un mínimo, y se hacen "espontáneamente".
Por eso, muy en el fondo, aplaudo los tatuajes carcelarios.
Volviendo a mi primer tatuaje, dos letras chinas en el brazo izquierdo cuyo significado es tan pobre que ni siquiera pienso compartirlo públicamente, me lo hice a los 15 años. Mejor dicho, me lo hicieron.
-El chinazo de “me lo hicieron” es cortesía de Escribe Sin Pensar, producto que patentaré, lo juro, en algún momento-
La maravilla carcelaria impresa sobre mi hombro fue producto de mi ingenio creativo –limitado a mucho animé y videojuegos por la tarde, y un catálogo de símbolos chinos sobre la mesa de la tienda donde trabajaba el gran artista- fusionado con el pulso post-rumbático del tatuador más odiado actualmente en la ciudad de Caracas -ese que es nazi, “nocturno” y a veces amigable, pero nunca justificable-.
El segundo tatuaje, menos carcelario, pero igualmente despreciable, fue bastante más grande, y por ende más difícil de cubrir.
Sí, las letras chinas ya no existen, y nunca, léase bien, NUNCA diré qué significaban.
¿Mortal Kombat? ¿Dim Sum? ¿And then?
Sigan adivinando, nunca les diré.
Mi mamá me acompañó para estos dos primeros tatuajes, y ese recuerdo lo guardo en la gaveta de Te Quiero, Mami.
Pero lo que quiero contarles no es eso. Éste no será otro cuento familiar en el blog de Sherezade, pero sí es un planteamiento sobre la gente, y el razonamiento absurdo de algunas personas.
Persona cualquiera #1
-¿Esa eres tú?
-No, es la virgen de los asiáticos.
Mentira, es una geisha.
Persona cualquiera #2
-¿Esa es una geisha?
-Sí. Creo. ¿No?
A la gente le gusta reiterar lo evidente.
Persona cualquiera #3
-¿Y esa quién es?
-Tu mamá, vendiendo su arte en Japón.
Mentira, nunca respondo eso, pero provoca.
Lo más insólito que me han hecho, y esto probablemente le ha pasado a cualquiera que lleve un tatuaje en una zona vistosa y viva en Venezuela, donde aparentemente la gente no está al tanto de lo que significa espacio personal, es que me toquen el tatuaje mientras preguntan.
El tipo estaba en la cola de las cotufas en el cine de Santa Fe. Yo estaba con mi novio, así de desvergonzado ha sido el tipo que ni la presencia de mi pareja ha tomado en consideración, y mientras pedía mi combo de cotufas y él terminaba de pagar las suyas en la caja continua, se detuvo a mirarme con la intensidad que solo un señor que supera los cincuenta y tantos puede tener.
Se acercó como una pantera senil, y mientras lo hacía me pareció presentir su intensión táctil. Aún así, y esto demuestra que DEBO escuchar a mis instintos más a menudo, no le presté atención, acostumbrada a las miradas y señalamientos del ciudadano común.
Cuando tenía su mano sobre mi piel perdí el control sobre mis gestos, y probablemente eso hizo que el individuo-pantera de cualidades post-juveniles me dijera:
-Te importa si… es que está bellísimo. ¿Es permanente?
El horror me invadía, y nerviosa contesté “no, no, está bien” alejándome lentamente, y considerando la posibilidad de echarme al piso y hacerme la muerta, en caso de que el tipo fuese mitad oso, y quisiera comerme.
Yo sería mitad rabi-pelado, pero si a ellos les funciona, ¿por qué no iba a funcionarme a mí?
No lo hice, claro. Contesté el diplomático “sí, es permanente… gracias. Chao”.
El nerviosismo me hizo olvidar la presencia de mi novio, y cuando voltee para verlo su mirada de odio estaba fija sobre el individuo-pantera. Le agarré el brazo y le dije “vamos, mi amor, ya comienza la peli”, procurando evitar una explosión terrorista que confirmaría el chiste racista que nadie pasa por alto cuando le ven los rasgos a mi querido sirio.
FIN.
P.D: Los dejo en compañía de un mensaje que mi buena amiga Pian subió a su Tumblr, y que me inspiró a escribir estas líneas.