lunes 13 de diciembre de 2010

Los Tatuajes y la Subestimación del Espacio Personal

La primera vez que pensé en hacerme un tatuaje era demasiado joven, y mi criterio estético comenzaba a formarse a tropezones.

Claro, cuando tienes 13 años no estás consiente de lo que REALMENTE significa hacerse un tatuaje, y mucho menos de lo que pensarás o sentirás por ese primer tatuaje (bastante carcelario) que te hiciste tan entusiasmada.

No estoy diciendo que me tatué a los trece años, ni que el asunto de los tatuajes REALMENTE signifique demasiado.

En relación a esa búsqueda desesperada de algunos por otorgarle un significado profundísimo a todo lo que hacen en sus vidas, y todo lo que buscan “expresar” con sus cicatrices –que al fin y al cabo éso es lo que es un tatuaje- preguntaré: ¿así de inseguros están?

No lo hagan. No se tatúen, no se casen, no se coman ese pedazo de torta tentadorsísimo, no le inviten un trago a la tipa buenísima que los ve de lejos en el bar de los clichés, no intenten patinar, ni cantar en el karaoke. ¿No vivan?

No.

Porque si han de encontrarle un significado profundísimo a todo lo que hacen en la vida, definitivamente, la vida no les corresponde a ustedes.

Y no es que yo ande de loca lanzándome en patines por la colina con los ojos vendados. Porque para culillúa, yo. Simplemente deben entender que algunas cosas se piensan un poco, un mínimo, y se hacen "espontáneamente".

Por eso, muy en el fondo, aplaudo los tatuajes carcelarios.

Volviendo a mi primer tatuaje, dos letras chinas en el brazo izquierdo cuyo significado es tan pobre que ni siquiera pienso compartirlo públicamente, me lo hice a los 15 años. Mejor dicho, me lo hicieron.
-El chinazo de “me lo hicieron” es cortesía de Escribe Sin Pensar, producto que patentaré, lo juro, en algún momento-

La maravilla carcelaria impresa sobre mi hombro fue producto de mi ingenio creativo –limitado a mucho animé y videojuegos por la tarde, y un catálogo de símbolos chinos sobre la mesa de la tienda donde trabajaba el gran artista- fusionado con el pulso post-rumbático del tatuador más odiado actualmente en la ciudad de Caracas -ese que es nazi, “nocturno” y a veces amigable, pero nunca justificable-.

El segundo tatuaje, menos carcelario, pero igualmente despreciable, fue bastante más grande, y por ende más difícil de cubrir.

Sí, las letras chinas ya no existen, y nunca, léase bien, NUNCA diré qué significaban.
¿Mortal Kombat? ¿Dim Sum? ¿And then?
Sigan adivinando, nunca les diré.

Mi mamá me acompañó para estos dos primeros tatuajes, y ese recuerdo lo guardo en la gaveta de Te Quiero, Mami.

Pero lo que quiero contarles no es eso. Éste no será otro cuento familiar en el blog de Sherezade, pero sí es un planteamiento sobre la gente, y el razonamiento absurdo de algunas personas.

Persona cualquiera #1

-¿Esa eres tú?
-No, es la virgen de los asiáticos.

Mentira, es una geisha.

Persona cualquiera #2

-¿Esa es una geisha?
-Sí. Creo. ¿No?

A la gente le gusta reiterar lo evidente.

Persona cualquiera #3

-¿Y esa quién es?
-Tu mamá, vendiendo su arte en Japón.

Mentira, nunca respondo eso, pero provoca.

Lo más insólito que me han hecho, y esto probablemente le ha pasado a cualquiera que lleve un tatuaje en una zona vistosa y viva en Venezuela, donde aparentemente la gente no está al tanto de lo que significa espacio personal, es que me toquen el tatuaje mientras preguntan.

El tipo estaba en la cola de las cotufas en el cine de Santa Fe. Yo estaba con mi novio, así de desvergonzado ha sido el tipo que ni la presencia de mi pareja ha tomado en consideración, y mientras pedía mi combo de cotufas y él terminaba de pagar las suyas en la caja continua, se detuvo a mirarme con la intensidad que solo un señor que supera los cincuenta y tantos puede tener.

Se acercó como una pantera senil, y mientras lo hacía me pareció presentir su intensión táctil. Aún así, y esto demuestra que DEBO escuchar a mis instintos más a menudo, no le presté atención, acostumbrada a las miradas y señalamientos del ciudadano común.

Cuando tenía su mano sobre mi piel perdí el control sobre mis gestos, y probablemente eso hizo que el individuo-pantera de cualidades post-juveniles me dijera:

-Te importa si… es que está bellísimo. ¿Es permanente?

El horror me invadía, y nerviosa contesté “no, no, está bien” alejándome lentamente, y considerando la posibilidad de echarme al piso y hacerme la muerta, en caso de que el tipo fuese mitad oso, y quisiera comerme.
Yo sería mitad rabi-pelado, pero si a ellos les funciona, ¿por qué no iba a funcionarme a mí?

No lo hice, claro. Contesté el diplomático “sí, es permanente… gracias. Chao”.

El nerviosismo me hizo olvidar la presencia de mi novio, y cuando voltee para verlo su mirada de odio estaba fija sobre el individuo-pantera. Le agarré el brazo y le dije “vamos, mi amor, ya comienza la peli”, procurando evitar una explosión terrorista que confirmaría el chiste racista que nadie pasa por alto cuando le ven los rasgos a mi querido sirio.

FIN.

P.D: Los dejo en compañía de un mensaje que mi buena amiga Pian subió a su Tumblr, y que me inspiró a escribir estas líneas.

miércoles 6 de octubre de 2010

Tres Masajes, Tres Cuentos...

SEGUNDA PARTE: MI CUENTO


A la gente le da pena desnudarse. Es ese complejo con el que nacimos, según la biblia, por morder el fruto prohibido. Un tabú nacido tras el quebranto de otro tabú.
El argumento bíblico no es mi favorito, y de hecho sería el último que usaría para excusar mi vergüenza, pero fue el primero que me vino a la cabeza, y eso es culpa de mi familia filipina, y su catolicismo imperante.

A mí me da pena desnudarme, siempre que no sea dentro de un acuerdo previo o tácito bien establecido. Tácito, como que si vamos a hacerlo lo hacemos desnudos, porque la ropa se permite sólo durante los quickies, y porque así somos: humanos, desnudos, pelados, peludos, pelempempudos. Pero fuera del perímetro sexual, digamos que “socialmente”, me muero de vergüenza si soy vista en cueros.

La primera vez que me di un masaje, con todas las de la ley, me tocó superar esos miedos. Afortunadamente, el momento se prestó para dejarse llevar. El spa de aquel hotel, en aquella isla del Caribe, era lujosísimo. El masajista te dejaba a solas en la habitación, con las luces bajas, velas aromáticas, sonidos de la naturaleza, bata de algodón, y pantuflas acolchadas.

-Por favor, desvístase completa y acuéstese boca abajo sobre esta camilla; luego cúbrase de la cadera para abajo con la toalla, y toque la campana para avisarme que está lista.
-Ok, perfecto, muchas gracias.

Sin titubeos. Él dijo completa, y yo seguí la orden. Después de todo es un profesional, y yo soy huésped del hotel.

La experiencia fue maravillosa, los aceites aromáticos hicieron su efecto, el masajista fue muy respetuoso, y jamás me sentí… desprotegida, por así decirlo.

Pero no voy a hablarles de ese masaje en este cuento. Eso sería supremamente aburrido, y no es mi estilo terminar con finales idóneos, sino más bien tragicómicos.

Hablemos de mi segundo masaje.


Hace tiempo, aunque no hace mucho, trabajaba en la radio produciendo tres programas, y en uno de ellos recibí un cupón de Masajes Relajantes, patrocinados por un Spa muy reconocido en Caracas, como parte de mis honorarios profesionales.

Partiendo de mi experiencia en el Caribe, decidí ir a cobrar mi cupón tan pronto como fuese posible, porque aquello había sido divino, y no se puede perder la oportunidad de repetir semejante experiencia.

...Tan ingenua.

Llegué al spa, les enseñé mi cupón, y me dijeron: “Pasa adelante, bienvenida, por favor siéntate en la habitación número tres, que pronto te atenderá nuestra masajista”.

Agradecí, seguí la orden y me senté a esperar.

-Hola, mi nombre es Maribel.
-Hola, Maribel, muchísimo gusto, mi nombre es Sherezade.
-Un placer. Tengo entendido que vienes de la radio…
-Sí, me dieron un cupón de intercambio para un masaje relajante.
-¡Qué bien! Entonces ponte cómoda, aquí te dejo un ratico con la música y las velitas para que te prepares en la camilla. Ya vengo.
-OK.

Asumiendo que todo fluía perfectamente, comencé a desvestirme, repitiendo paso a paso lo experimentado previamente, pero con algunas diferencias:

1)La habitación de este spa era mucho más pequeña, y uno tendía a ponerse claustrofóbico.
2)Las luces eran más frías.
3)La camilla no tenía toallas, sino una especie de papel/sábana.

Concluí que ese papel haría las veces de la toalla, y taparía mi rabo desnudo.

Desnuda. Completamente desnuda, me acosté sobre la camilla y me tapé las nalgas.

Yo sabía que algo no estaba bien, pero en lugar de escuchar a mis instintos, decidí aferrarme a la esperanza de que el resultado sería tan placentero como el de aquella mágica primera vez.

ERROR.


Entró Maribel, y con una expresión de horror dijo: “¡NIÑA! ¿TE DESNUDASTE COMPLETA?”
A lo que respondí: “Sí, ¿por qué? ¿Me visto?”

Acto seguido: cara de tomate. Me paré de la camilla, desnuda y roja, y comencé a tropezarme torpemente, víctima del nerviosismo y la sobre exposición.

Maribel: Sí, chica, ponte las pantaletas. Y ese papel déjalo sobre la camilla, que es el protector…
Yo, el tomate desnudo: ¡AH! ¡QUÉ VERGÜENZA! NO ENTENDÍA. Disculpa…
Maribel: Tranquila, si quieres te quedas sin sostén…

La condescendencia de la masajista empeoró las cosas. El momento se repetía una y otra vez en mi cabeza durante toda la sesión, y casi podía escuchar los pensamientos de aquella pobre mujer: “estos tatuados nudistas, siempre tan exhibicionistas...”



Conclusión: El problema con la desnudez no es la desnudez en sí, sino la desnudez no acordada.


FIN.